Opinión

La aritmética que desata tempestades

Sobre las consecuencias de lo que se siembra desde las posiciones de poder Por: Paola Heredia Hernández, abogada de la Universidad Externado de Colombia, escritora y ensayista.

La aritmética que desata tempestades Sobre las consecuencias de lo que se siembra desde las posiciones de poder Por: Paola Heredia Hernández, abogada de la Universidad Externado de Colombia, escritora y ensayista.  Hay una antigua advertencia bíblica que encontramos en el libro de Oseas y que, con el paso del tiempo, se condensó en una expresión bastante conocida “quien siembra vientos cosecha tempestades”. Una metáfora que, desde entonces, describe una de las dinámicas más antiguas del poder y nos enseña que aquello que se siembra desde esa posición rara vez termina donde comenzó. 

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El profeta Oseas pronunciaba aquella advertencia frente a un pueblo que venía tomando malas decisiones. Sus gobernantes buscaban protección en grandes potencias extranjeras, mientras internamente crecían la corrupción, la injusticia y la idolatría. Lo curioso es que, dentro del propio relato bíblico, las tempestades finalmente llegaron. Cuenta la historia que el Reino del Norte, también conocido como Reino de Israel, terminó sometido por un imperio extranjero y desapareció. No porque una sola decisión hubiera producido semejante desenlace, sino porque los errores y excesos llevaban acumulándose mucho tiempo atrás.  

Entre el viento que se siembra y la tempestad que se cosecha hay algo más que una advertencia política y moral; hay una relación de causa y efecto y, si me lo permiten, hasta una lógica aritmética en la que intervienen la multiplicación, la acumulación y la reciprocidad. 

Por efecto de la multiplicación, el gobernante que siembra viento -siendo este algo vacío y sin sustancia- representa a aquel que siembra mentiras, discursos violentos o engañosos. Su primer error consiste en creer que las consecuencias políticas de lo que siembra siguen siempre una relación lineal, desconociendo que sus efectos pueden amplificarse y multiplicarse. En matemáticas, y dicho de una manera muy sencilla, una relación lineal supone que, si una causa aumenta en determinada proporción, su efecto seguirá la misma suerte y aumentará de manera proporcional. Trasladándolo al escenario político, sería creer que una agresión producirá otra agresión y un insulto, otro insulto.  

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El problema es que los sistemas políticos y sociales son mucho más complejos y menos predecibles que una relación matemática lineal. Una palabra pronunciada por un gobernante es repetida por sus funcionarios, amplificada por sus seguidores, reproducida por los medios de comunicación y multiplicada miles de veces en las redes sociales.  Entonces, quien pronuncia la primera palabra controla la primera parte de la ecuación, pero difícilmente controlará todo lo que se viene después.  

Por eso el lenguaje y las maneras importan, y mucho, especialmente a la hora de gobernar. La política electoral premia la diferenciación y muchas veces la confrontación; el ejercicio del poder, en cambio, exige prudencia. Llamar sistemáticamente enemigo a quien simplemente es un adversario; atribuir delitos a quien todavía no ha sido condenado, utilizando el “presuntamente” como blindaje mientras se instala una narrativa de sospecha en la que, poco a poco, la insinuación empieza a ocupar el lugar de la prueba. Convertir la discrepancia en traición o presentar a sectores enteros de la sociedad como amenazas que deben ser derrotadas, no son simples excesos retóricos. Son formas de lenguaje que, a fuerza de repetirse y amplificarse, terminan atornilladas en el imaginario colectivo. La sospecha, repetida suficientes veces, empieza a adquirir apariencia de certeza; el adversario, llamado enemigo durante demasiado tiempo, termina siendo percibido como tal. 

A esto se suma el efecto de la acumulación. Una descalificación aislada quizá parezca irrelevante. Una acusación más, una insinuación incriminatoria, qué más da. Sin embargo, cada episodio puede parecer pequeño cuando se observa de forma aislada, pero ninguno ocurre sobre una hoja en blanco. Cada uno se va sumando a los anteriores y puede que el gobernante olvide cada palabra después de pronunciarla o después de cada salida en los medios de comunicación, pero el sistema no; y la sociedad, mucho menos.   

Luego de tanta acumulación, comienza una dinámica de retroalimentación donde un sector agrede, mientras el otro responde; esa respuesta sirve para justificar una agresión mayor, que produce una reacción todavía más intensa.  La política entra así en un circuito en el que cada parte encuentra en la conducta de la otra la explicación perfecta para endurecer la propia.  A partir de aquí, poco importa quién sopló el primer viento, el sistema simplemente ha aprendido a producirlo por sí mismo.  

Por un momento, la acumulación de episodios puede parecernos engañosa, porque vemos que realmente no pasa nada. Se insulta hoy y las instituciones siguen funcionando. Se estigmatiza mañana y las encuestas incluso mejoran a favor del gobernante. Entonces aparece el segundo error, creer que la ausencia de una reacción inmediata equivale a la ausencia de consecuencias. El que no haya consecuencias visibles hoy, no significa que la respuesta no se esté acumulando en silencio. La historiadora Diana Uribe, al analizar el fenómeno del estallido social, ha mostrado precisamente cómo profundas transformaciones y descontentos pueden acumularse antes de irrumpir en la escena pública. Las revoluciones y los grandes estallidos sociales no responden a recetas ni permiten anticipar con exactitud el momento en que esa acumulación terminará por desbordarse.  

Tampoco sabemos cuál será la palabra, la acusación o el exceso que provoque ese desbordamiento. Por eso, el acontecimiento que desencadena la tempestad no siempre explica, por sí solo, su magnitud. De hecho, la historia está llena de esos pequeños acontecimientos a los que les correspondieron consecuencias desproporcionadas. Por ejemplo, el florero de Llorente no explica por sí solo la Independencia, como tampoco la toma de la Bastilla explica por sí sola la Revolución Francesa. Aquí aparece la paradoja que inspiró esta columna. Podemos comprender la aritmética con la que se va formando una tempestad, pero no podemos calcular el instante exacto en que habrá de desatarse. 

Por último, aparece la reciprocidad. En política las prácticas que se crean, los límites que se cruzan y los precedentes que se establecen rara vez permanecen en manos de quienes los inauguraron. Basta con que alguien despeje la senda para que quienes vienen detrás la recorran nuevamente, abriendo incluso caminos que pueden conducirnos hacia lugares que como sociedad habíamos decidido no volver a visitar.  

De la misma manera, cuando alguien incorpora con éxito una práctica que hasta entonces estaba fuera de los límites de lo aceptable, el universo de lo políticamente posible termina ampliándose. De ahí que cada exceso político tenga 2 consecuencias: el daño que produce hoy y el precedente que deja para mañana. El primero puede medirse; el segundo resulta mucho más difícil de calcular. 

Quien utiliza determinada práctica contra sus adversarios suele hacerlo bajo una premisa silenciosa y hasta ingenua. Cree que conservará para siempre el poder y el privilegio de utilizarla en una sola dirección. Pero el poder cambia de manos. Tarde o temprano los gobiernos terminan, las mayorías se transforman y quienes deciden hoy, mañana pueden encontrarse sometidos a las reglas que ayudaron a construir. La verdadera prueba de la prudencia consiste en preguntarnos si este lenguaje o práctica, que utilizamos o instauramos hoy, seguiría pareciéndonos legítima mañana, en manos de nuestro adversario. Porque si una práctica solo nos parece justa mientras somos nosotros quienes ejercemos el poder, probablemente no estamos defendiendo un principio democrático, sino el privilegio circunstancial de tenerlo. 

Quien convierte al contradictor en enemigo abre el camino para que mañana también él pueda ser tratado como enemigo. Quien normaliza el señalamiento sin pruebas facilita que este se convierta en una herramienta ordinaria de la contienda y que, además, se desvíe nuestra atención de aquello que realmente debería importarnos.  

En todo caso, los precedentes no se construyen únicamente con palabras; también con imágenes, gestos y formas de ejercer y comunicar el poder.  Por eso, convertir la muerte de quienes son abatidos por la Fuerza Pública en un mensaje de poder abre una discusión distinta a la legitimidad de la operación militar. Si bien, los recientes fallos de los jueces civiles del circuito de Bogotá, no advirtieron vulneraciones a los derechos fundamentales alegados por los tutelantes; sí exhortaron a la Presidencia de la República a considerar formas menos invasivas de comunicar sus resultados. No se trata de cuestionar el deber del Estado de combatir a los grupos armados y organizaciones criminales, sino de recordar que su fortaleza también reside en respetar los límites que él mismo está llamado a garantizar. Incluso en el ejercicio legítimo de la fuerza existen fronteras, y la dignidad humana es una de ellas. 

El llamado, entonces, es a ser responsables con nuestro lenguaje y con nuestras prácticas. No se trata de acaparar portadas ni de recibir aplausos por la vehemencia de las actuaciones o la contundencia de los discursos. Gobernar exige algo más difícil. Implica comprender el peso que adquieren las palabras, los gestos y las decisiones cuando provienen de quien ejerce el poder. No se trata de ser tibio. Hemos confundido prudencia con falta de carácter y estridencia con firmeza. Gobernar no consiste solamente en saber qué hacer, sino también en saber cómo hacerlo. Es la phrónesis de Aristóteles, la prudencia aplicada al ejercicio del poder.

 Hasta allí alcanza la advertencia de Oseas, quien en una sola frase condensó toda una aritmética. Lo que se multiplica, se acumula; aquello que se acumula, tarde o temprano, encuentra la manera de regresar. Y cuando regresa, ya no siempre lo hace como viento, a veces regresa convertido en toda una tempestad.