Hay momentos en la historia de los pueblos que parecen tener un significado que va mucho más allá de la política. Momentos en los que uno siente que se cierra una página y comienza otra, todavía en blanco, cargada de incertidumbres, pero también de esperanza.
Creo que Colombia vivió uno de esos momentos este 7 de agosto.
No habían transcurrido muchos minutos de la posesión de Abelardo de la Espriella cuando quedó claro que estábamos presenciando algo distinto. Antes de las decisiones económicas, antes de las órdenes de gobierno y antes de las inevitables discusiones políticas que vendrán, hubo una imagen que seguramente permanecerá durante mucho tiempo en la memoria de millones de colombianos: Dios volvió a ser invocado públicamente desde la Presidencia de la República.
Y para quienes creemos, eso no es un asunto menor.
La ceremonia tuvo una profunda presencia espiritual. Distintas expresiones religiosas participaron en un escenario que recordó que Colombia, siendo constitucionalmente un Estado sin religión oficial y respetuoso de la libertad de cultos, continúa siendo una Nación profundamente creyente.
La presencia de diferentes voces de fe no debería interpretarse como la imposición de una religión desde el Estado. Prefiero verla de una manera mucho más hermosa: como el reconocimiento de que millones de colombianos, desde distintas tradiciones, siguen levantando sus ojos al cielo cuando buscan esperanza.
Y hubo algo todavía más poderoso.
En medio de esas expresiones religiosas apareció una referencia común que para los cristianos tiene un significado inmenso: Jesús.
Católicos, cristianos y quienes reconocemos en Jesucristo el centro de nuestra fe pudimos sentir que, por encima de las diferencias doctrinales, había un mensaje que atravesaba aquella ceremonia: Colombia necesita reconciliación, necesita principios, necesita recuperar la esperanza y necesita volver a creer que el bien puede imponerse sobre el miedo.
Después de tantos años de pelearnos entre colombianos, tal vez necesitábamos precisamente eso.
Volver a creer.
Porque gobernar también requiere humildad. Quien recibe el poder de una Nación debería comprender que ese poder es transitorio, que ningún presidente es dueño del país y que los gobernantes pasan mientras Colombia permanece.
Por eso me gustó escuchar a un presidente reconocer a Dios antes de comenzar su gobierno.

