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OPINIÓN 18-04-2021

Soy, soy… ¡Soy Tolimense!

Soy, soy… ¡Soy Tolimense!

Por: Ricardo Cadavid

El 12 de abril, nuestro amado departamento cumplió 160 años y no parece tarea fácil describir a un tolimense, sin caer en el innoble estereotipo del calentano perezoso. Se supone que somos la “Tierra firme de Colombia”, aunque las carreteras de nuestras veredas en invierno y la tragedia de Armero, nos hagan dudar de tal firmeza. Uno se pregunta qué significa ser tolimense en estas épocas tan efímeras, gaseosas y de pretendida universalidad. Hoy me aventuro a dibujar la imagen de un tolimense de pura cepa, hecho de esos retazos que la globalización no ha podido erradicar.

Tolimense que se respete se ha emborrachado alguna vez con Tapa Roja, probó mistela o vino de palma comprado a orilla de carretera, o en una fiesta sanjuanera vomitó hasta las tripas embriagado con manzanilla. Los tolimenses hacemos vaca para comprar la botella de aguardiente y nunca falta el amigo gotera que solo pone dos mil pesos y se embute media sin ningún recato.  En el alma de todo tolimense se esconde un espíritu bohemio y goterero, tal vez porque crecimos cantando un himno que parece un jingle publicitario de la Fábrica de Licores. Qué otra cosa se puede esperar de generaciones enteras de niños de ocho añitos que crecieron cantando en las izadas de bandera, con emotivo fervor: “el aguardiente es más valiente y leal”.

Hablando de himnos; tres datos curiosos del Tolima. El primero es que la gente, cuando oye el Bunde, parece escuchar que “el aguardiente es más valiente ideal”, pero la letra en realidad dice “y leal”. Créanme que hay tolimenses que aún no notan la diferencia; y menos si están rascados. El otro dato curioso es que, con excepción de Coyaima, ningún tolimense se sabe el himno de su municipio, o pídanle a un Ibaguereño que les entone el primer verso; no tenemos ni idea y tampoco nos importa; con el Bunde es más que suficiente. Sobre Coyaima diremos que su himno es la hermosa danza de Miguel Ospina, “Coyaima indiana”. Eso sí es una cosa de locos. Qué sentirán los coyaimunos cantando a las 10 de la mañana, dizque “dulce Coyaima indiana, remanso fresco, de mi niñez”.  ¿Remanso fresco? ¿Es en serio? Con 45 grados a la sombra eso parece una broma de mal gusto.

El día de la madre, tolimense que se respete invita a la progenitora a almorzar en un asadero de pollo, y si hay paseo de olla, se estila el sancocho cocinado por la parentela, que siempre asigna un cruel verdugo para sacrificar a la gallina, la cual es perseguida con un palo de escoba, con un cuchillo, hasta con revolver, sin que los varones de la casa logren el cometido. Al final, la tierna abuela del festejo se levanta de su mecedora y coge a la frágil gallina y le tuerce el pescuezo con tres vueltas, sin el más mínimo asomo de piedad o de arrepentimiento, y ante los ojos atónitos de los nietos animalistas que estudian en la UT. ¡Que peligro nuestras venerables ancianitas! Uno debió sospechar de la salud mental de las abuelas tolimenses desde el momento en que quisieron envenenarnos con sopa de cebada, colada con calao, o con ese extraño peto de arroz que no sabe absolutamente a nada. Los tres alimentos parecen un engrudo para pegar afiches.

Cuando un tolimense sale de viaje, el trayecto siempre incluye obligadas paradas gastronómicas. Gente de otros departamentos se detienen a comprar sombreros costeños, hamacas de San Jacinto, ruanas de lana virgen. Nosotros paramos a jartar. Si vamos a la costa, hay que detenerse en Venadillo a “tomar avena con pitillo” y comer hueso de marrano. Si vamos para el Huila, hay que parar en El Espinal a comer lechona y comprar achiras para llevar. Si el viaje es hacia Bogotá, hay doble parada, una para el salpicón con helado en Gualanday y otra en La Vaca que ríe, para aprovisionarse de queso crema. Si pasamos por Flandes, un tolimense se detiene antes del puente para comer viudo de pescado. La doble calzada está acabando con esos entremeses culinarios, pero aún nos queda la bolsita de frijolitos que compramos viniendo de Armenia.  

Si el tolimense vive en un pueblo, la pinta dominguera es de lo más bonita y se usa para comer raspao en la plaza y para ir a misa; pero si el guambito ya habita en la capital musical, adquiere un estatus que le otorga el derecho a desfilar los domingos en chancletas y pantaloneta para comprar el tamal del desayuno en la tienda de la esquina. Acá los domingos no cocinamos; acá desayunamos tamal, y si estamos enguayabados, pues tamal con copete. Sólo un tolimense sabe qué es esa joda.

Los hijos de la tierra del panche y del pijao entonamos bambucos y guabinas con el alma, sin hacernos mayores cuestionamientos, sin preguntarnos qué tan borracho hay que estar para ver un par de guaduales entrelazados tirarse al rio, o por qué cantamos “Llamarada” con los ojos cerrados y una mano en el pecho, o qué tipo de animal, piojo, liendra o garrapata es la tal “cuita” que aparece en la canción de la lunita consentida. Yo cada vez que cantó Hurí me pregunto cómo es una vida que “pasa lisonjera”, qué es una “férvida pasión”, o trato de entender qué carajos vino a hacer a nuestra tierra la tal “Hurí”, una doncella sagrada del islam, o si nuestros vehementes católicos acaso sospechan que, cuando entonan ese hermoso pasillo, están saltando de la Biblia al Corán en solo tres compases.  

Un tolimense se reconoce a leguas cuando canta “El barcino”. En la parte donde “suenan trompetas, se oyen clarines, brama el barcino, rueda en la arena”, en lugar de gritar “oleeeeee” berrearemos al unísono “muuuuuuuuuuuuu”. Definitivamente la tauromaquia, no es lo nuestro; eso es de los paisas de Manizales.

Y hablando de paisitas, tolimense que se respete tiene una antigua rivalidad con los paisas, cosa curiosa porque la mitad del departamento es hincha del Atlético Nacional, y la otra mitad, en algún momento de nuestra vida, ha imitado el acento paisa.  Es como si sintiéramos vergüenza de legítimas expresiones como “pere tantico”, “eeeeco”, “chámbilo”, “virgen santísima”, “buen primor”, “guámbito”. Si a uno le aflora el cantadito no falta el paisano que lo increpe “mijo, se le salió el tamal”.  Hay que reconocer que nuestro acento tiene limitaciones; por ejemplo, no resulta atractivo para hacer doblajes de películas porno que, a decir verdad, en acento de paisa suenan muy sugestivas, pero consuela saber que, si las doblaran en pastuso, se escucharían peor.

En el fútbol, el tema de la rivalidad ya es tradicional. Llevamos como 80 años quedando de segundos, pero eso sí, mientras le ganemos al Nacional, un tolimense se dará por bien servido. Es nuestro curioso consuelo: Hay un terremoto, “¡no importa! ¡le ganamos a Nacional!” Subió el desempleo siete puntos “¡qué importa! ¡Nacional, Tolima es tu papá, ra, ra!” Se robaron el presupuesto de la doble calzada “¡Qué carajos! ¡La lechona mecánica los puso a comer tamal!” Si algún día el Atlético Nacional va a parar a la B, no sé qué va a ser de nosotros; nuestros triunfos carecerían de sentido, tendrían el mismo sabor que tuvo la victoria de Egan Bernal en el Tour, con Chris Froome fuera de competencia.

Pero ahora que somos parte del Eje Cafetero, que se tengan esos paisas porque vamos es con toda a conquistarlos mijo. Somos de la tierra de López Pumarejo y de Darío Echandía, el agua la hervimos a balazos y la cortamos con machete, como nos enseñó Tulio Varón. Cuando el rey de bastos era soldado, ya Manuel Murillo Toro había sido dos veces presidente.  Con Jorge Varón aprendimos a coger la suerte a pata y una dama ibaguereña, doña Gloria Valencia de Castaño, puso a todo el país a quejarse por muchos años: “lástima que la televisión, no sea a color”.  Los tolimenses somos berracos, frenteros, aguerridos y eternos. Los paisas alegarán que la manizaleña Amparo Grisales, le dio clases de actuación a doña Gloria Valencia de Castaño, pero ese es un antiguo mito, un arcaico detalle que agrega vejez al “Amparo” del tiempo, pero que no nos resta “Gloria”… ¡Y que viva el Tolima carajo!

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