Última Actualización: Martes, 20 de Abril del 2021

NOTICIAS IBAGUE TOLIMA | EL IRREVERENTE

Comparte en:

OPINIÓN 02-04-2021

La huaca del Pedregal

La huaca del Pedregal

Por: Gustavo Osorio

Hace unos meses que dejé de escribir, hay periodos en que el silencio debe ser aplicado, pero hoy desperté, con el deseo de compartir una historia de la que fui testigo en un “Viernes Santo”, un día como hoy.

Avanzaba el año de 1.988, yo apenas ajustaba once años, vivía con mis padres y mi hermano en una casa de la Manzana “L” de la Urbanización “El Pedregal” en Ibagué, hacia 6 años mi madre había logrado conseguir ser “propietaria” de esta casa que era parte del programa casas sin cuota inicial, que había implementado el presidente Belisario Betancur y, como consecuencia, estábamos en manos del endemoniado “UPAC”, pero no importaba, teníamos casa propia; éramos demasiado felices.

Frente a nuestra casa, para aquel entonces, existía un inmenso bosque por donde pasaba el río Chipalo, y que fue el lugar de muchas aventuras y expediciones en compañía de nuestros amigos de crianza; más tarde, allí se construyeron los pequeños barrios que se llaman el “Rincón del pedregal I y II”

En esa tarde-noche del viernes santo, del mencionado año, después de asistir al santo viacrucis de la iglesia del Barrio Ambalá, mi madre, los vecinos y los niños, nos sentamos en unas improvisadas mesas construidas con madera de construcción, donde tomaban sus alimentos los trabajadores de las obras que avanzaban en la zona; al caer la noche y en medio de la charla, abajo, en medio del matorral casi a la orilla del río Chipalo, uno de los asistentes, se percató del destello de una luz intensa.

La luz logró captar la atención de todos los que ahí nos reuníamos, pero además atrajo algunos otros vecinos. Al final y gracias a la opinión de un hombre del campo que ahí se encontraba, se concluyó que en viernes santo las huacas indígenas despliegan su luz intensa para ser vistas y, si se hacen las cosas conforme a las costumbres ancestrales, se logra extraer los tesoros que en ellas se guardan.

Sin demora y bajo las instrucciones del hombre de campo, se conformó un equipo de exploradores por parte de los vecinos, entre ellos iba mi padre, aunque el hombre del campo recomendó que no fuera ninguna mujer, nadie logró hacer desistir a una de las vecinas que se encaprichó con integrar la comisión de exploradores inexpertos.

Vistieron botas de caucho, sombreros, jean, chaquetas y machete en mano, el número de exploradores era de siete, número impar y la ropa oscura, por recomendación del experto, caminaron y llegaron al lugar sobre la luz, o al menos era lo que nosotros desde nuestra casa veíamos, observamos a los seis vecinos y la vecina sobre la luz, y les gritábamos con fuerza que estaban en el lugar, pero lo que ellos a su regreso contaron, es que, cuando llegaron al lugar donde estaba la luz,  la misma se corría unos pasos; así duraron hasta la media noche, siendo infructífera la expedición.

El experto achacó la culpa del fracaso a la presencia de la mujer, hoy todavía sigo sin saber el porqué de dicha afirmación; lo que sí sé, es que, a partir de esa noche, esperábamos con ansias la llegada del viernes santo para por fin, volver a ver la luz que nos llevaría a la riqueza y a cumplir los sueños de toda una comunidad humilde. Para algunos viernes santos, hasta nos hicimos acompañar de un sacerdote que se encargaría de la guerra espiritual contra los espíritus de los indígenas que protegían el tesoro.

Después de construido el Rincón del Pedregal, nos quitaron la diversión y volvimos a la tradición de visitar el cementerio en la noche viernes santo, acompañados de dos botellas de Tapa Roja, una para los vivos y otra boca abajo enterrada sobre la tumba para los muertos.

No sé si aún siga allí la huaca del Pedregal, pero si no tiene mucho que hacer en la noche del viernes santo, podría ser un buen plan irse a las orillas del Rio Chípalo, a esperar ver la luz y de pronto logre ganarse ese baloto millonario en piezas oro.

 

Comparte en: