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OPINIÓN 15-09-2020

Ni Uribista ni Petrista: Es cuestión de Justicia

Ni Uribista ni Petrista: Es cuestión de Justicia

Por: Juan Espinosa

Si hablamos de justicia jurídica, donde los delitos sean castigados sin importar quién sea el delincuente, eso lo deseamos la mayoría de los colombianos. Que la justicia ciega decida por igual en sentencias justas tanto a campesinos, negros, pobres, ricos, blancos, profesionales, políticos, empresarios, empleados, etc.

Evidentemente un puñado de delincuentes de todos los sectores sociales y pelambres quisiera que la justicia fuera comprable, ajustable a cada bandido y además, que sea inoperante para que prescriba sus procesos.

Si hablamos de justicia social, donde todos tengamos acceso a educación gratuita, a servicios de salud gratuitos, a pensión de buen nivel con buena capacidad adquisitiva, a agua potable en todas las comunas y en el sector rural, a vías seguras en el campo, a un aire limpio, a preservar el medio ambiente, etc. eso lo deseamos la mayoría, pero desearlo nos convierte en castro chavistas, mantenidos, o guerrilleros.

Hay un puñado de personas que desean mayor riqueza, mayor monopolio, explotación desmedida de los recursos naturales, oprimir y concentrar poder, porque con poder se sienten importantes y útiles.

Y pareciera ser, que el puñado que necesita la injusticia legal y el otro puñado que necesita la injusticia social sean de un mismo bando. Y las grandes mayorías que necesitamos justicia legal y justicia social seamos descalificados, incluso por aquellos que también son víctimas de la injusticia. 

Pues déjenme decirles que NO es así. Y hablo en primera persona.

No soy mamerto, ni guerrillero, ni uribista, ni castro chavista. Soy un ciudadano educado con mucho esfuerzo por mis padres, desplazado por la violencia política que permitió la tragedia de Armero y que hoy, con mis largos años he visto un país que hace difícil el desarrollo social, donde educarse es un lujo de pocos, donde tener atención médica es un privilegio, donde comprar casa es un imposible y pedir que se respete el medio ambiente es un atentado contra la industria.

Y evidentemente quiero que el campesino y los jóvenes de familias de ingresos bajos tengan acceso a la universidad y a la salud de calidad. Quiero que los adultos mayores se sientan útiles y valorados, que no deambulen mendigando una moneda. Quiero que los deportistas tengan becas y subsidios que les permita ser de alto rendimiento y no tengan miedo a la preferencia de una liga.

Quiero un país donde todos tengamos paz interior porque a pesar de los obstáculos de la vida cotidiana, tenemos un Estado que con nuestros impuestos nos cobija en caso de necesidad. El covid-19 dejó un país en extrema quiebra y no se ve la ayuda del Estado a los pequeños empresarios.

Quiero un país donde los médicos de verdad sean importantes y no solo les demos aplausos ahora en época de pandemia.

Quiero un país donde el campesino, el profesor, la ama de casa y el adolescente se sientan seguros y que, con hechos verdaderos, son incluidos en los planes de gobierno.

Quiero un país donde emprender negocio sea viable. Y si hay alguna quiebra, pueda salir de ella sin ser satanizado por el sector financiero.

Quiero un país donde el aire, el agua, los bosques y páramos, así como el mar y las playas, sean un eje de cuidado sostenible y no solo un generador de impuestos.

Quiero un país donde no haya impunidad y el guerrillero pague por sus delitos atroces, al igual que el paramilitar. Quiero un país que erradique el narcotráfico y condene a sus integrantes.

Y quiero un país donde todos trabajemos. Que el asistencialismo que alimenta la pereza y la desidia desaparezcan y exista un apoyo social en aquellas circunstancias propias de la vida. Que se estimule la productividad, la lectura y el arte.

Muchos dirán que Colombia está lejos de ser ese país. Seguramente tendrán sus razones dadas las actuales condiciones de ingobernabilidad y de ineficacia de la justicia. Pero, déjenme seguir anhelando un país así. Eso me mantiene con la esperanza de que ser bueno, paga.

Hace cuatro (4) décadas, los profesores, empresarios, políticos, policías, militares, tenían mucho más decoro y mejor reputación. La palabra “señor” y “doña” tenían respaldo en la ética. La palabra “fe” estaba respaldada en el trabajo social de la iglesia. La palabra empeñada era el mejor “pagaré e hipoteca” que un ciudadano tenía. Era la época en que ser “caballero y dama” era sinónimo de buen hijo y buenos modales.

Allá es a donde debemos volver. Perdimos la ruta cuando llegó a nuestros hogares la corrupción y la ambición del “tener” es lo que define al “ser” y se llevó consigo a los jóvenes, niñas y niños, por la vida fácil y abonado con una justicia y una autoridad que se dejó comprar.

Volvamos a sembrar, para que en una década empecemos a recoger frutos de justicia. Aún podemos salvar nuestra patria y hacer de ella un país donde empresarios, empleados, pobres y ricos podamos construir una sociedad donde no haya extremos, sino que haya equilibrio social y económico.

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