Última Actualización: cero, 9 de Agosto del 2020

NOTICIAS IBAGUE TOLIMA | EL IRREVERENTE

Comparte en:

OPINIÓN 07-06-2020

La verdadera vacuna que necesitamos

La verdadera vacuna que necesitamos

Por: Gustavo Osorio

Por estos días que tanto se habla y se especula sobre la consecución rápida de una vacuna contra el Covid-19, que nos permita regresar a nuestra normalidad; se me ocurre lo valioso que sería que, entre todos, pensáramos en una vacuna de manera urgente contra la corrupción que, sin lugar a dudas, es el mal que más flagela hoy por hoy a nuestro pueblo.

Y para lograr la culminación de esta titánica tarea, lo primero que hay que obtener es el ADN, del virus de la corrupción, identificar sus diferentes mutaciones y señalar cuales son las cepas que afectan a los colombianos.

Para ello, debemos remontarnos a los años 80 y 90 del siglo pasado, a estudiar los efectos que todavía están presentes en nuestra sociedad, dejados por la cultura mafiosa de ese entonces, tales como:  El dinero fácil; el hacerse rico como sea para poder tener la “la vida ideal”, sexo, drogas y alcohol; poder, para “controlarlo todo” y tal vez el peor, “todos tienen un precio”.

Sumado a lo anterior están las dos terribles frases que se quedaron en el imaginario colectivo de los colombianos, “la malicia indígena” y, “a papaya servida, papaya partida”.

Con este diagnóstico inicial, tenemos entonces el mapa del ADN, que compone el virus de la corrupción que hoy habita en más del 70% de los colombianos y lo peor, todos se señalan entre sí, todos se llaman corruptos unos a otros y nadie acepta o se da por enterado que, algunos de sus comportamientos, son verdaderos actos de corrupción.

Ofrecer dinero al guarda de transito; alterar el medidor del contador de la energía eléctrica, tratar por todos los medios de ser incluido en el SISBEN, cuando contamos con un trabajo estable; darle dinero al empleado de las empresas públicas para que no corte los servicios, o peor, reconectarlos sin haberlos cancelado; buscar la manera para que ilegalmente nos disminuyan los impuestos; reportarse enfermo cuando no lo está para justificar la ausencia al trabajo; hacer trampa en exámenes en nuestro periodo de estudio, quedarnos con un dinero o un bien mueble que otro perdió y que nosotros encontramos por casualidad; pedirle a su hijo menor que mienta por usted y le diga al señor que está preguntando en la puerta, que usted no está, colarse en la fila, utilizar el ascensor cuando es para uso de personas en condición de discapacidad, estacionar en zona prohibida, botar basura al suelo, saltarse una luz roja de semáforo, no respetar las cebras, doblar en sentido prohibido y no utilizar nunca las luces direccionales, no respetar la distancia ni utilizar tapa bocas para evitar la propagación del COVID 19, etc.

Así, podríamos seguir y seguir señalando comportamientos, hasta acumular una lista innumerable de síntomas y practicas diarios que, aunque parecen casuales, son latentes y presentes en la mayoría de colombianos, pero que en sí mismos constituyen actos de corrupción, de esos mismos colombianos que, sin vergüenza alguna como “pueblo dolido”, y con el mayor de los cinismo señalamos a gobernantes y políticos como bandidos y corruptos, olvidando que para la Ley y Dios, todos los pecados y conductas son iguales.

Pero lo peor llega cuando uno de esos colombianos que hacen parte del 70% de los contagiados con el virus de la corrupción, como lo dicen en su argot, se gana la lotería y resulta elegido para gobernar y administrar los recursos públicos: El hipotético sujeto desde el preciso instante en que es “ungido” en el cargo, asume e interioriza que esos dineros y recursos que tiene por obligación que cuidar, son suyos, porque como en la gran mayoría de los casos, para llegar a ser elegido hay que realizar ingentes  inversiones en campaña, y claro, porque se esforzó y resulto elegido, es por tanto que todos esos recursos y cargos publico son de su propiedad.

Algunos de aquellos sujetos, llegan al descaro de cargar una chequera y girar cheques como si los dineros públicos fueran de su cuenta personal, otros están tan seguros de su propiedad sobre los dineros públicos, que al contar su relato indican que un empleado suyo los robo, y al preguntarle, “¿Porque manifiesta tal situación?”, el interpelado responde sin mediar vergüenza ni reflexión alguna, “Fulanito se me quedó con una comisión que me enviaron con él”.

No sobra aclarar que, se le llama “Comisión” en Colombia, al porcentaje que oscila según dicen, entre el 10% y 20% del valor de toda la contratación pública que se ejecuta una entidad pública, y que es lo que finalmente el corrupto se apropia y pasa a ser el ex dirigente y, por tanto, nuevo rico en la sociedad que se supone tenía que cuidar y jamás defraudar.

Como vemos, el problema no necesita leyes más fuertes, ni cadenas perpetuas, pues algunos están dispuestos a pagar el carcelazo, yéndole bien terminan en una instalación elegante así esté resguardada por el INPEC, alguna guarnición militar o, finalmente, lo importante para ellos, es asegurar el bienestar y el futuro de sus familias, al igual que el sicario de aquella cultura mafiosa, lo importante, así muriera, era la nevera para la ‘cuchita’.

En conclusión, la vacuna es una y es cultural, es lograr crear un nuevo pensamiento colectivo en que reine la necesidad de ser honesto y honrado, la necesidad de siempre decir la verdad, de respetar la propiedad privada, de no envidiar la vida de los demás, pero sobre todo mostrar las ventajas de tener una vida tranquila, de colocar la cabeza en la almohada y dormir sin perturbaciones, de poder hablar tranquilamente por su celular sin el dilema de pensar que lo escuchan, el no tener el tormento de como lavar ese dinero ilícito del que el usurpador de la confianza pública se está apropiando.

En este mismo orden de ideas, lastimosamente, creo que para los de nuestra edad puede ser demasiado tarde, pero para las generaciones futuras puede haber una esperanza, quedando en las manos del sistema educativo y de la clase de seres humanos que como padres queramos formar y para ello, siempre debemos recordar la frase “puede que su hijo no lo escuche, pero no olvide que lo observa todo el tiempo”.

Comparte en: