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OPINIÓN 06-05-2020

Mi salón de clase

Mi salón de clase

Haciendo honor y uso de mi derecho a ser irreverente escribo esta columna con un poco de prevención, pues últimamente lo que escribo llena de susceptibilidad a muchas personas, una columna que escribí para un medio muy reconocido en el país me fue devuelta porque era muy provocadora e incitaba al odio.

Decir la verdad no es incitar al odio, cuestionar los gobernantes y sus pronunciamientos no es ninguna blasfemia, cuando se debe decir la verdad se debe decir sin tapujos, sin vacilar, sin titubear; pues escribir es mi recurso para manifestar el inconformismo y para transmitir una duda a los pocos lectores que puedo recolectar. Últimamente he recordado varios episodios de mi vida; sentado mirando al horizonte, oyendo, pero no escuchando, recordé la época de colegio, años en que pude ser feliz pero no quise por miedo a fallar, a defraudar, a decepcionar.

 Mi salón de clases era demasiado peculiar, estaba el gordo que hoy es flaco, un personaje muy gracioso que su acido sentido del humor molestaba a muchos, pero alegraba a otros, hacía unos sonidos extraños imitando animal o persona todo un espectáculo. ¡El viejo! Un compañero que tenía como 25 años cuando todos teníamos 16 o 17, su amplia experiencia hacia que sus historias fueran muy entretenidas, eso hizo que tuviera un respeto en el salón pues mientras nosotros íbamos pa la fiesta el ya venía rascao.

El mentiroso, una persona con una imaginación increíble, al punto que una vez nos contó que su Papá tenía un carro Ferrari en el sótano de su casa que no lo sacaba porque en la ciudad había muchos huecos; lo único cierto era lo de los huecos. La chismosa, un ser comunicador de toda especie de información a los profesores y coordinadores: “Profe el que rayo la pared fue fulanito de tal”, “profe el que quemo el locker fue zutanito” y así se pasó media vida delatando a todo el mundo para tener un futuro mejor. Hoy debe ser la propietaria del Q’hubo, o del Espacio, llego lejos la muchacha.

La hippie sin más palabras la resurrección de Bob Marley. Él sabelotodo, el que todas se las sabía, el que siempre respondía. El loco, este si era una especie exclusiva, nada le importaba, se tiraba pedos, eructos, pegaba mocos en la manija de las puertas para que otros al tocarla se lo pegaran, era todo un arte sus bromas en eso era un especialista.

El ñero y no digo que ser ñero sea malo, pero este ñero era un verdadero ñero, llevaba navaja al colegio para asustar a los de los grados inferiores, se ponía gorra tres pisos y le sacaba punta al lápiz con la pata é cabra. Y así lleno de melancolía recordé cuando un compañero perdió la vida, comprendí que los muertos nunca envejecen y que la época en que nada me tenía que preocupar, todo me preocupaba y ahora sentado viendo correr el tiempo sin clemencia, espero que mis hijos puedan gozar de un salón de clases tan especial como el que yo gocé; donde siempre quedarán recuerdos que ningún virus como el actual podrá borrar de aquel baúl de recuerdos que todos los días me recuerda que estoy envejeciendo, pero aun oigo esa voz chiquita diciendo: “ Se escuchan voces”.

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